Recientemente se han puesto en marcha presupuestos participativos en ciudades como Madrid o Valencia. Procesos participativos que técnicamente tienen un carácter participativo solo a nivel de consulta o referéndum (no se decide sobre el dinero que se presupuestará, ni las partidas económicas que se incluirán, ni tampoco cómo se decidirá) pero que han sido bienvenidos por gran parte de la población. El porcentaje de participación en estos procesos ha rondado entre el 1% y el 2%. En algunos casos como en Gijón o A Coruña ha sido por debajo del 1% (0,6% y 0,9%). Sin embargo, en Valladolid y Badalona el porcentaje de participación en estos dos municipios ha sido 2,5% y 4,3% respectivamente. Se consideran resultados excepcionales, siendo la primera vez que se realizan y siendo a su vez superiores a los de la propia Madrid (1,68%). La incipiente puesta en marcha de los presupuestos participativos ha generado un cierto debate sobre la representatividad de los resultados.

La noción de “todos” es un imposible. Tanto que, si una persona asistiera a algún lugar y no se encontrara más que con gente ya conocida diría que “estaba todo el mundo”, mientras que si se encontrara con gente, con mucha gente desconocida, no diría que estuvo allí todo el mundo sino que fue un acto “masivo”. “Todos” remite a un imaginario más que a una cuestión estadística. Queda constancia de ello en las ciencias sociales. Estadísticamente nunca  trabajamos con universos completos, sino con muestras, con una parte aleatoriamente seleccionada de ese universo. La aleatoriedad garantiza que sea representativo. Si tenemos en cuenta los Barómetros realizados casi mensualmente por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) a nivel nacional, las muestras son de unas 2.500 personas. Esta muestra equivale a un 0.005% de los 46 millones de personas que hay en España. El problema que existe entre un proceso de votación y una encuesta del CIS es de muestreo: la autoselección de aquellas personas que deciden votar frente a la selección aleatoria de quienes son encuestados. Pero también el de para qué se contesta: ¿de verdad hace falta que participen “todos” y que el proceso sea necesariamente aleatorio?

La cuestión de la autoselección debería de considerarse como algo intrínseco al propio proceso de votación más que como un problema. No podemos evitar que se involucre solo la gente que desea participar, del mismo modo que no podemos evitar que la gente que participe se aparte de un universo. Lo que sí que es importante es que la noción representativa de un presupuesto participativo plantea problemas de redistribución económica y justicia social: quienes participan en estos procesos son aquellas personas que mayor capital cultural (estudios), capital económico (dinero) y capital social (vínculos) tienen, aquellas personas que más peso tienen en la sociedad. Ello plantea el para qué y para quién de lo que se vota.

La mayoría de las cuestiones que se han decidido como partida para los presupuestos participativos pasan por las reformas urbanas o la instalación de mobiliario urbano. Se debería plantear en el proceso participativo una reconsideración de las necesidades que afectan a la población, y en qué medida éstas pueden afectar a aquellas personas excluidas. Por tanto, no se plantea tanto una cuestión de representatividad de individuos como de discursos. En ella lo importante es incluir el máximo número de visiones sobre una problemática en concreto a través de lo que se conoce como triangulación. De esta manera, si una parte de la población decide plantear una propuesta para rehabilitar un parque pero tiene ciertas dudas respecto a su conservación dada la desigualdad económica del barrio, la representatividad de discursos deberá tener en cuenta a aquellos que puedan estar en contra de su establecimiento porque es una burla para su situación de necesidad. A partir de esta situación se podrá construir una necesidad que sea representativa a la vez que consensuada de la propuesta, es decir, representativa de las opiniones y no solo de los individuos. Pero obviamente este planteamiento requiere más tiempo y mayores recursos de los que se usualmente emplean en un presupuesto participativo. Y también una lógica representativa no solo de individuos.

Fuentes: Fotografía de portada

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