Son las 8 de la mañana, y comienza otro ajetreado día en una ciudad cualquiera de este bonito país, que se llama España. Suena el despertador, con los ojos medio cerrados pones las tostadas a calentar y, de fondo, suena el boletín informativo. La ciudad despierta.

Son las 8 de la mañana, y en un pequeño pueblo de la provincia de Cuenca, Teruel, Soria o Guadalajara, vuelven a repicar las campanas de la iglesia. Una vez más, están “tocando a muerto”. El pueblo muere.

No es novedad que España está sumida en una dinámica de envejecimiento progresivo, con más muertes que nacimientos en 2017 por primera vez desde 1941, dinámica que no solo pone en peligro aspectos como la viabilidad del sistema de pensiones, sino que además, está conduciendo a un fenómeno muy evidente en el medio rural: los que hay, son cada vez menos y más viejos, y los jóvenes, que apenas se cuentan con los dedos de una mano, salen con urgencia en busca de las oportunidades que las vastas tierras de cultivo ya no les pueden ofrecer.

El vaciamiento poblacional, que se ha venido produciendo de manera especialmente virulenta en lo que se ha atinado a llamar “la Laponia española” – la zona que comprende la Serranía Celtibérica, esto es, las provincias de Soria, Teruel, Guadalajara y Cuenca, además de la parte interior de Valencia – ha llevado a tener zonas del país con una densidad de población de tan solo 7,98 habitantes por kilómetro cuadrado[1].

Si antes los niños corrían alegres por las calles mientras los vecinos y vecinas participaban de las actividades comunitarias o simplemente se reunían en los bares y en las puertas de las casas, como recordaban Faustino, Pedro y Eusebio en un programa de Salvados dedicado al despoblamiento rural[2], ahora toda esa vida ha mutado en silencio y miradas perdidas al horizonte que añoran lo que consideran, fueron tiempos mejores.

Al mismo ritmo que estos pueblos encogen en número de habitantes y lo único que parece crecer son sus cementerios, se limitan tanto las oportunidades como los servicios. La ausencia de niños lleva al cierre de la escuela primaria, que necesita un mínimo de 6 alumnos para seguir en funcionamiento; un pueblo sin escuela, limita la atracción de familias jóvenes con hijos pequeños que quieran disfrutar de las ventajas de vivir en el medio rural; con una población que no se renueva, la posibilidad de sacar pequeños negocios adelante se limita y, en última instancia, debido al uso reducido, se acaban retirando servicios públicos esenciales tales como el centro de salud o la farmacia.

Esta dinámica, conlleva además una serie de implicaciones muy evidentes en términos de desigualdad, puesto que, dentro de una misma provincia o comunidad autónoma, el acceso a servicios fundamentales no resulta igual para todas las personas, hecho especialmente sensible con respecto a la salud, para personas de avanzada edad.

Como se puede ver, una vez que comienzan a asomar las primeras sombras del envejecimiento y la despoblación en un municipio rural, el resto de consecuencias se precipitan rápidamente en una serie encadenada que resulta muy difícil de revertir.

Las dificultades para atraer gente a estos espacios, además de lo anteriormente comentado, tienen que ver en muchas ocasiones con unas infraestructuras de comunicaciones (carreteras y acceso a internet) deficientes o limitadas, debido a lo remoto de su localización o a la baja demanda de uso, como puede suceder con las líneas de banda ancha. Esto dificulta enormemente que aquellos que quieran desempeñar algún tipo de actividad en el sector servicios, en relación con la ciudad, puedan hacerlo de manera fluida y con un ritmo de trabajo a la altura de lo que el siglo XXI demanda.

El medio rural, aunque en muchas ocasiones denostado por no cumplir con los estándares de lo que consideramos lo más positivo de la vida cosmopolita, todavía es un espacio articulado que acoge a quien esté dispuesto a escucharlo, guardián de las tradiciones y alegre cuando celebra las fiestas patronales que iluminan de fuegos artificiales, luces y charangas los veranos de muchos de nosotros.

Iniciativas como la creación de la Cátedra sobre Despoblación y Creatividad, de la Universidad de Zaragoza, todavía hacen albergar un halo de esperanza de que no todo está perdido, que el pueblo todavía se resiste a morir a través del estudio de sus problemáticas específicas, pero hará falta un mayor impulso, financiación y voluntad política, para tratar de realizar una serie de acciones encaminadas a insuflar aire a lo que muchos de nosotros todavía podemos identificar como el origen de nuestras raíces.


[1] La Laponia Española – El País: https://elpais.com/politica/2017/03/10/actualidad/1489158510_848981.html

[2]Salvados – La Sexta: https://www.lasexta.com/temas/salvados_tierra_de_nadie-1

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