El 8M en Madrid en 2018 reunió a 500.000 personas según los organizadores. Fue la mayor movilización en la historia de España vinculada con una temática feminista, cuya convocatoria se difundió en redes sociales bajo el hashtag #HaciaLaHuelgaFeminista. Viendo estas cifras, podemos decir que fue más que una simple convocatoria en la red; nos encontramos ante lo que se denomina activismo digital, una forma de participación y organización ciudadana a través de las TIC – Tecnologías de la Información y Comunicación – que busca, además de concienciar, denunciar y movilizar, incidir en políticas públicas.

Esto tiene mucho que ver con la forma en la que el feminismo ha ido evolucionando en la red en la última década: trasladando la visibilización de prácticas históricamente consideradas como privadas – como la violencia de género – modificando creencias instituidas en el imaginario social y elaborando un vocabulario específico sobre las necesidades y realidades de las mujeres.

Sería utópico no reconocer que en el mundo tecnológico las desigualdades en ocasiones se reproducen y toman nuevas formas. Frente a esto ha nacido un nuevo tipo de feminismo aun en fase de formación: el Ciberfeminismo, que contempla las nuevas tecnologías, y más concretamente las redes sociales, como principal elemento para la liberación de las mujeres. Además, ha conseguido dar voz a personas de todas las edades, brindándoles la posibilidad de acceder a debates, contenidos y reivindicaciones, pero sobre todo haciéndoles cuestionar en público imaginarios de género predominantes hasta ahora.

Sin embargo, probablemente uno de los logros más destacados es la inclusión de todas las identidades, liberando de estereotipos y roles de género a las personas dentro de la red. Esto tiene mucho que ver con lo que proponía Donna Haraway, precursora del Ciberfeminismo, en su libro A Cyborg Manifesto. En él imaginaba un futuro feminista con un cyborg como líder, desafiando todos los prejuicios raciales y patriarcales. Como explican Almudena Garcia y Arteria Silva, el cyborg era la expresión máxima de la identidad en el ciberespacio, su carga política y ética se veía en la ruptura con los límites de la realidad, lo social, lo individual y lo biológico.

Poco después de Haraway, en los años 90, el Ciberfeminismo comienza a producir conocimiento, intervenir arte y denunciar violencia. Gracias a esto y a la creciente participación durante las siguientes décadas, empieza a verse un feminismo más horizontal y descentralizado. Cambia la forma de organización: las acciones, coordinación de estrategias o discursos no sólo ocurren en un café entre amigas, reuniones de asociaciones o en un evento con aforo limitado; ahora su alcance es incalculable, son colaborativas, están abiertas a todos los géneros y van acompañadas de información escrita en forma de artículos, infografías o material didáctico accesible desde cualquier plataforma. Están en constante evolución, permiten la participación y generan diálogo.

La pregunta ahora es, ¿vamos a aprovechar las posibilidades que nos dan las redes sociales para la transformación social? Por supuesto esto plantea infinidad de retos: desde mantener el equilibrio entre fiabilidad de contenido sin que la persona que lo escribe sea lo determinante, hasta conseguir que sea realmente inclusivo eliminando los roles y priorizando la participación. Romper paradigmas lleva tiempo, pero en este tema en concreto, todos y todas tenemos la capacidad de contribuir a su evolución.

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