Puedes leer aquí la primera parte del análisis «Cultura, industria musical y derechos de propiedad»

La industria musical no parecía tener problemas con los nuevos formatos de compresión de audio, pues todavía tenían control sobre el contenido hasta que llegaron las redes P2P con Napster a principios del nuevo siglo. Si recordamos, Napster fue un sistema masivo que distribuía archivos de música desde múltiples ordenadores, es decir, un mismo archivo estaba desperdigado en distintos terminales, por lo que su contenido podía descargarse directamente desde un ordenador, o a piezas desde varios. La distribución del contenido ya no estaba en manos de la industria, sino de los mismos usuarios, con la única diferencia de que era totalmente gratuito. A esto llamo “fantasmagoría distributiva”: movilización de contenido inmaterial de manera gratuita y sin límite de espacio de alcance.

Napster, sin querer, abrió la caja de Pandora que la industria nunca pensaría que llegara a existir, de la que, cuando se dieron cuenta, ya no había forma de cerrarla. Como diría David Harvey: “Aquellos que gobiernan el espacio siempre pueden controlar las políticas del lugar, aun cuando hace falta, en primer término, tener control sobre algún lugar para gobernar el espacio” (Harvey, 1998, p.260). La industria había perdido el control del contenido, ya no controlaba el espacio por donde se distribuía la música.

Esto desembocó en nuevas prácticas en los derechos de contenido como la aparición de los Copyleft, la antítesis del Copyright, que viene a ser literalmente, “dejar copiar”. Este “derecho a copiar” ofrece al autor la posibilidad de liberar su obra para que ésta pueda ser utilizada, copiada, modificada y redistribuida, incentivando la creatividad y la generación de cultura continuamente.

La liberación del contenido de su estado físico puso en tela de juicio la función del Copyright, y provocó que la industria musical buscara soluciones a la libre circulación de contenidos: los DRM, Digital Rights Management, o Gestión Digital de Derechos, término genérico utilizado para describir una serie de tecnologías de control de acceso a contenidos con el fin de imponer restricciones en el uso de determinados dispositivos y contenidos. En la práctica, siempre han sido convenientemente anulados cuando alguien ha tomado suficiente interés para hacerlo.

La historia del DRM refleja una de las verdades más evidentes de internet: los bits son libres, su circulación no puede ser bloqueada, tan solo dificultada en circunstancias puntuales. Es preciso entender que el DRM supone la restricción de los derechos de un usuario a la hora de utilizar un archivo adquirido de manera legal, y que por lo tanto, crea un incentivo precisamente en el sentido contrario al esperado: aquellos que obtienen el producto de manera ilegal, con su correspondiente DRM violado, pasan a tener más derechos que aquellos que lo obtuvieron por las vías legales.

En el documental Rip!: A remix manifestó (Brett Gaylor, 2008), podemos ver, además de la realidad de los derechos de propiedad y el control que tienen la industria musical de la cultura, un manifiesto de cuatro puntos que ejemplifica lo que vemos hoy en día: 1. La cultura siempre se construyó basada en el pasado; 2. El pasado siempre intenta controlar el futuro; 3. El futuro se está volviendo menos libre; y 4. Para construir sociedades libres es necesario limitar el control del pasado. Si controlas el espacio, controlas el contenido.

¿Qué sucede con la sociedad entonces? Héctor Fouce en 2008 escribió un artículo llamado Nativos digitales en la selva sonora. Tecnologías y experiencia cultural en la música digital, en el que toma prestada la idea de Mark Prensky (2001) sobre las diferencias entre los nativos digitales y los inmigrantes digitales para entender los contrastes existentes entre los que han crecido en la cultura de los videojuegos, los ordenadores e internet y los que se han ido adaptando a esta nueva cultura digital.

Básicamente, Héctor Fouce en su artículo nos hace ver las perspectivas que tienen tres grupos de edades diferenciados, pero que al mismo tiempo no están muy separados: adolescentes, universitarios y jóvenes adultos. Fouce nos descubre que cuanto más nos acercamos a edades jóvenes, la implicación de este grupo e internet es tan natural como respirar. Cuanto más avanzamos en edad, la conexión pierde fuerza, pero no desaparece. El hecho de que se naturalice, y se “acepte” socialmente las descargas, hace que las sociedades no se planteen, a priori, que lo que hacen es ilegal. Tal vez ya ni se lo planteen: el ser humano, en general, se ha ido acostumbrando a las comodidades de los avances tecnológicos y a la facilidad con la que conseguimos lo que vemos, oímos y tocamos. Si queremos escuchar una canción, vamos a YouTube o a Spotify; si lo que queremos es ver una película, ahí están Netflix, HBO, Amazon Prime; si lo que queremos es ver es un paisaje de un país lejano o un monumento, vamos a nuestro navegador preferido y lo “googleamos”. Estas comodidades han hecho que prefiramos la calidad de este tipo de plataformas antes que lanzarnos al tedioso trabajo de encontrar el último álbum de Metallica, por ejemplo, o la taquillera película del verano pasado en una web de dudosa confianza.

Esto también se ha plasmado en los conciertos y los festivales de música, pues ya no vale solo con que el artista ocupe el escenario y toque sus canciones, sino que se ha convertido en un espectáculo digno de los euros que hemos gastado. Artistas como Muse, Iron Maiden, Guns ‘n’ Roses, Lady Gaga, y un largo etc, han conseguido hacer de sus conciertos un momento inolvidable para sus fans, supliendo así lo que no ganan en venta de CD’s en costosas entradas.

En definitiva, la historia y el desarrollo tecnológico han dado la razón a los que piensan que los contenidos culturales deben estar separados de la propiedad privada, de que su posesión por parte de grandes empresarios no debe de ser los límites de la creatividad y que su libre circulación favorece a la cultura y su desarrollo. Esto no es una apología a la gratuidad de los contenidos culturales, sino más bien un ejemplo de que ayudándonos de las nuevas tecnologías conseguiremos acceder a más cultura y de mejor calidad.

Si crees que no es así, piensa en la última vez que te gastaste más de 90 euros en un concierto, o la última vez que te bajaste una canción por internet.

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