¿Neurosexismo? Lo que me faltaba por oír. ¿Qué pasa? ¿Ahora nuestro cerebro también es machista? ¿O el nombre es producto de la moda de añadir el prefijo “neuro” a toda rama de conocimiento? Por favor… Aceptémoslo. Las mujeres y los hombres tenemos cerebros diferentes que nos hacen pensar diferentes y ser, por ende, diferentes. Es algo puramente biológico. Es un hecho. Las mujeres son más emocionales y los hombres más… más matemáticos, ¿no? Que no soy yo, ¿eh? Que lo dice la ciencia.

Esa forma de pensar es, precisamente, a la que se refiere el término.

La palabra “neurosexismo” hace referencia al respaldo, aparentemente científico, que encuentra el sexismo en la mala práctica científica. En Neurociencia no son pocos los estudios que se centran en las diferencias cerebrales existentes entre mujeres y hombres. Dejando a un lado la visión binaria de género que suponen, la investigación en este ámbito está plagada de problemas metodológicos, como señala en un artículo de Nature Lise Eliot [1]. Esta profesora de Neurociencia de la Universidad de Medicina y Ciencia Rosalind Franklin (Chicago) denunciaba la mala práctica científica que se hace en este campo, como controles inadecuados, análisis estadísticos incorrectos y paradigmas experimentales erróneos que llevan a un sesgo evidente en los resultados que se encuentran.

No es la primera científica en señalarlo: la psicóloga británica Cordelia Fine en su libro Cuestión de sexos [2] (título original: Delusions of Gender: How Our Minds, Society, and Neurosexism Create Difference) desmiente el mito del “cerebro masculino vs. cerebro femenino” atacando los evidentes fallos metodológicos que presentan los estudios en los que esta idea se basa. Un ejemplo de ellos lo constituirían aquellos realizados sobre empatía. Según señala la escritora, la mayoría de los mismos mide esta variable a través del reporte de los individuos (es decir, la respuesta que la persona da a la pregunta “Del 1 al 10, puntúe cómo de empático es”). Esto es comparable a considerar que la capacidad matemática de una persona se puede medir a través de un cuestionario (“Del 1 al 10, puntúe cómo de bueno es resolviendo ecuaciones de segundo grado”) y pensar que su respuesta equivale, de hecho, a su habilidad con los números. Curiosamente, los estudios basados en el reporte de los individuos muestran resultados que confirman el estereotipo (porque la gente tiende a responder acorde a lo que el estereotipo espera de ellos) mientras que los pocos que miden la empatía de manera directa (diseñando un paradigma experimental que ponga de hecho en juego la empatía) no encuentran diferencias entre mujeres y hombres.

Por desgracia, como éste hay muchos ejemplos en este ámbito de investigación que no están exentos de crítica. Ahora bien, ¿qué pasa con los estudios que encuentran de hecho diferencias y que no tienen fallos metodológicos? ¿No prueban ellos que tenemos cerebros diferentes? Esto nos lleva a la segunda parte del problema: la interpretación que se hace de los resultados.

El problema no es que haya diferencias en el cerebro entre mujeres y hombres: como señala la neurocientífica británica Gina Rippon en su libro [3] pueden existir diferencias en nuestros cerebros de manera similar a como ocurre en otros órganos, como el hígado o el riñón. El problema es la interpretación que se hace de estas diferencias. El problema es creer que a las mujeres les gusta el rosa y a los hombres el azul por las diferencias que presentan en el tamaño de una región cerebral, o que las mujeres son más emotivas porque su cerebro tiene más conexiones neuronales. El problema es creer que las diferencias sociales entre mujeres y hombres se justifican por las diferencias biológicas que existen en sus cerebros.

Para profundizar en esta cuestión, es necesario entender el rol que tiene el cerebro en la conducta humana y familiarizarse con un concepto que fue ya sugerido por Ramón y Cajal a finales del siglo XIX: la plasticidad cerebral. Si algo caracteriza nuestro cerebro es, precisamente, su maleabilidad y capacidad para cambiar con la experiencia. De esta manera, el tipo de actividades que realizamos de manera repetitiva es capaz de modificar la estructura de nuestro cerebro, para asegurar una mayor adaptación a los contextos a los que nos enfrentamos con más frecuencia.

La plasticidad cerebral ha sido respaldada empíricamente en múltiples ocasiones, como en el célebre estudio de los taxistas de Londres. En el año 2000, un grupo de investigadores del University College London encontró que la zona posterior del hipocampo, que está especialmente relacionada con la capacidad de orientarse en el mundo, era mayor en los taxistas que en el resto de la población. Los resultados fueron sorprendentes, porque evidenciaban por primera vez cambios estructurales producidos como consecuencia de la experiencia en individuos sanos.

Una interpretación similar debería realizarse en este campo de la neurociencia, pues no hay que obviar el papel que la experiencia desempeña en la estructura del cerebro gracias a la plasticidad del mismo. En otras palabras, las diferentes tareas que la sociedad asigna a hombres y mujeres (y que empiezan desde los tempranos “muñecas para ellas, coches para ellos”) les llevaría a vivir repetidamente experiencias diferentes que ocasionaría diferencias en sus estructurales cerebrales. Así como la experiencia como conductor altera el tamaño del hipocampo, la experiencia como mujer, por el hecho de serlo, podría igualmente alterar su cerebro. La falta de evidencias consistentes encontradas en el cerebro de recién nacidos, como señala Lise Eliot, estaría en concordancia con esta interpretación de los resultados. De este modo, las diferencias sociales existentes entre mujeres y hombres no serían consecuencia de las diferencias biológicas, sino que estás últimas estarían, de hecho, moduladas por las primeras.

La conclusión es clara: es necesario evitar respaldar los estereotipos tradicionales con estudios de poco criterio científico. Es hora de otorgar al cerebro, y a su plasticidad, los roles que se merecen. No hay que olvidar que, como señala Gina Rippon, una sociedad en la que el género existe producirá un cerebro en la que el género también lo haga.

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Fuentes:

Imagen de portada

[1] Eliot, L. (2019). Neurosexism: the myth that men and women have different brains. Nature566(7745), 453.

[2] Fine, C. (2005). Delusions of gender: The real science behind sex differences. Icon Books Ltd.

[3] Rippon, G. (2019). The Gendered Brain: The New Neuroscience That Shatters The Myth Of The Female Brain. Popular science.

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