El movimiento #YoMeQuedoEnCasa es posiblemente una de las mayores muestras de civismo social que ha vivido nuestro país en los últimos tiempos. Durante varios días, y antes de las restricciones gubernamentales que han implicado la limitación de movimiento por las calles en España, derivada de la emergencia por la ya declarada pandemia del COVID-19, las continuas llamadas a la responsabilidad individual para permanecer en el hogar y no correr el riesgo de infectarse o de infectar a otras personas se han sucedido por todos los medios posibles, ya fuera por iniciativa personal o institucional, a través de campañas en redes sociales, televisión o radio.

En Europa, primero se pudo ver este fenómeno en Italia, bajo la fórmula #IoRestoaCasa, donde rápidamente emergió la idea de que, para ser responsable con tu sociedad, comunidad o barrio, habías de quedarte en casa para no ser un vector potencial de transmisión de la enfermedad.

Una vez confirmado el confinamiento de la población y establecidas las excepciones al mismo, los balcones y ventanales de las casas han pasado a convertirse en los nuevos espacios de socialización, sustituyendo el bullicio de bares y cafeterías por performances, en su mayoría musicales, que pretenden levantar el ánimo ante esta difícil situación. Las transitadas calles ahora muestran una simetría chocante con la noche. Solo algunas personas paseando perros o con bolsas de la compra. Apenas coches y los autobuses siempre en hora.

No son pocas las iniciativas comunitarias derivadas de esta situación que han despertado el sentir colectivo de la población: jóvenes ofreciéndose para realizar la compra a sus vecinos y vecinas mayores o dependientes, quedadas de amigos por videoconferencia o aplausos a las 20h como muestra de apoyo, solidaridad y respeto hacia los profesionales que con su trabajo están garantizando la atención sanitaria y disponibilidad de recursos y servicios básicos para cubrir las necesidades más apremiantes. Muestras, en definitiva, de lazos sociales que, lejos de haberse agotado o debilitado, y ante la adversidad, se han visto reforzados bajo el sentimiento de que tan solo una gran acción comunitaria, y absolutamente arraigada en lo público y la importancia de los cuidados, puede hacer frente a esta situación.

Sin embargo, resulta difícil permanecer ajenos a las derivadas macro de esta situación de excepción. Inmediatamente, con el cierre de comercios de atención al público e interrupción de las cadenas de suministro, la economía ha experimentado un movimiento sísmico que, en primera instancia, se ha cobrado miles de empleos, acelerando el advenimiento de otra crisis del sistema capitalista que estaba mostrando sus primeros síntomas y que ha encontrado en esta coyuntura un detonante excepcional para reajustar su modelo de producción y virar definitivamente hacia una digitalización que tiene un profundo sesgo de clase y, en muchas ocasiones, también de género. Parece que, una vez más, serán los mismos, los más vulnerables, el “precariado” en palabras de Guy Standing, quienes paguen las mayores consecuencias de un nuevo proceso de crisis.

No está claro si el colchón de recursos consumidos durante el tiempo de la crisis económica de 2008 se ha agotado y se tendrá que recurrir a esta reactivación de las redes comunitarias o si, por el contrario, un estado que debería mostrarse fuerte es capaz de poner el foco en las personas y no en los mercados para transferir rentas y recursos a aquellos sectores que se vean más profundamente golpeados por la paralización y reclusión de todo un país.

Desde una perspectiva de cambio social, entendido como “transformaciones observables y verificables dentro de períodos de tiempo”, en tanto que fenómeno colectivo y que implica “una modificación de la organización social en su totalidad o en algunos de sus componentes”[1], somos conscientes de que probablemente estemos presenciando un evento de profunda transformación donde está por ver si las modificaciones en las pautas de comportamiento higiénico, de ocio, laboral o de movilidad, entre otras, serán sostenibles en el tiempo e implicarán, efectivamente, un verdadero cambio en nuestros mecanismos sociales.

Mientras tanto, el papel que nos corresponde a las Ciencias Sociales es sentarnos a observar, documentar y analizar los efectos y consecuencias que este tsunami ha traído consigo, vigilantes de todos los movimientos que se hagan para asegurarnos de que no se producen desequilibrios y, en su caso, proponer todas aquellas medidas y políticas públicas que fomenten los principios de justicia social y reducción de la desigualdad en todos los ámbitos posibles. Fomentar, en definitiva, el cuidado colectivo que ha promovido #YoMeQuedoEnCasa.


Fuente:

[1] Rocher, G. (1976). Introducción a la Sociología General (3.a ed.). Barcelona: Herder.

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